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  • Recuperando mi historia II

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    Photo by Suzy Hazelwood on Pexels.com

    Da un poco de pena escribir así, cosas personales en un blog. Pero me ha hecho mucho bien escribirlas. Y ojalá les entretengan a los lectores.

    Ayer escribí un post sobre mi historia desde la perspectiva que suelo verla. Como si fuera víctima de algo. Como si algo malo hubiera pasado conmigo en el pasado y me estuviera persiguiendo. Y también, platicaba de la depresión y la bipolaridad que hay en mi familia y que también yo he sufrido parte de eso.

    Algunos terapeutas me dicen que me invento mi depresión, otros dicen que es muy grave. De varios psiquiatras que he tenido me han dado por lo menos cinco diagnósticos diferentes y con ello también diferentes tratamientos.

    Y, he sido obediente y me tomo mis medicinas y me va bien. No me quejo para nada.

    Ahora me queda lidiar con mi depresión desde un lugar más personal, desde mi forma de pensar, de sentir, de actuar. Desde mi locus de control interno.

    Lo primero que me surge es hablar de mi infancia desde una perspectiva más realista. Recordando lo bueno, que hay mucho. Y también lo malo o desagradable. Y lo mismo pensaba ayer de mis días de consumo, que sí, si hago una lista de cosas de las que me arrepiento o en los momentos en que sí pude haber acabado en la cárcel o en el hospital, sin duda son cosas de las que me siento agradecido que no hayan llegado a tanto. Pero también, recordando ayer, durante mi época de consumo, incluso en las etapas más oscuras, en los últimos dos o tres años, hubo momentos muy buenos. Sí, dejé la carrera de medicina que tanta vergüenza me dio. Y durante dos años no sabía qué hacer en mi vida pero, como comentaba en el post pasado, también tuve la oportunidad de trabajar, de estudiar sociología y después de animarme a estudiar teatro que fue increíble para mí.

    Y nunca me cansé de buscar una salida. Aunque no parecía haber una salida. Pero la buscaba.

    Si viera esa parte de mi vida sin la adicción, podría haber sido real. Pude haber tomado las mismas decisiones. Tal vez sin tanto sufrimiento, pero tal vez sí.

    He estigmatizado mucho mi época de consumo y he hecho demasiado positiva la recuperación. Creo que puedo tener una visión más racional. La verdad es que parte del miedo que tengo del futuro, es por esta visión de que voy a tomar pésimas decisiones si no recuerdo cómo era y cómo fui y lo que pasó.

    Es algo común entre las personas que conozco. No es que me lo invente y sí creo que tiene utilidad, porque de verdad no quiero volver a ese lugar. Pero eso no quiere decir que vaya a volver a ese lugar.

    Y ahí nuevamente retomo la depresión. Estoy seguro que mis medicamentos me ayudan y veo improductivo si quiera luchar con la idea de no tomarlos. Antes me costaba trabajo aceptarlo pero he hecho la paz con ello.

    A pesar de eso, sí me da miedo el futuro y sí es cierto que veo en el pasado las cosas difíciles y duras y horribles y terribles que me han pasado. Cuando no son así. No había pensando nunca en que también los recuerdos pueden ser irracionales, no sólo en el presente nuestros pensamientos sino también la forma en la que recordamos las cosas y las cosas en las que pensamos las cosas hacia el futuro. Tener un locus de control interno entonces tiene que ver con una visión más racional tanto del pasado como del presente y del futuro.

    Empecé este blog porque hace algunos años, todas las noches, escribía mi décimo paso en un diario. Y también todos los días posteaba en otro blog las reflexiones del día de AA. Y quería hacer algo similar.

    Aunque siempre me ha gustado escribir y actuar y hacer videos, también me siento vulnerable, abierto. Al final termino por no hacerlo. Pero ahora sí llevo un rato escribiendo y me ha hecho muy bien.

    Pero antes escribía como los pesares, las dificultades. Y hace algunas sesiones, un compañero compartió en una sesión de SMART que su terapeuta le había hecho escribir todos los días algo que agradecía. Y nos contaba que le daba mucha rabia, porque siempre pensó que esos ejercicios eran inútiles y cursis, pero que estaban ayudándole.

    Creo que puedo empezar a hacer algo similar, A escribir sobre las cosas buenas que me pasan, o que quiero que me pasen o que me hayan pasado.

    Curiosamente hablo de las cosas \”buenas\” pero más bien, es no enfocarme en lo malo. Casi siempre termino hablando de lo malo. Es más bien dejar de escribir todo lo malo, todo lo angustioso, lo que me parece terrible. Y ser más racional, más objetivo.

    Me compré ahora un manual de herramientas de Terapia Dialéctica Conductual, tiene muchas herramientas similares a las de TREC o TCC, y voy a empezar a compartirlas por aquí. Pensando en formular un pensamiento más racional, más equilibrado. Y menos víctima, menos arrastrado.

    Pues, bueno. Eso tenía para hoy.

  • Recuperando mi historia

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    Photo by Suzy Hazelwood on Pexels.com

    Hay un antes y un después de la recuperación. O tal vez, un antes y un después de la abstinencia.

    ¿Es la recuperación ahora, mi única historia?

    En uno de los grupos que más tiempo estuve, y en el que más amigos de vida conocí, había un padrino que agradecía haber consumido y llegado a recuperación porque eso le hizo conocer a una persona nueva, que antes no hubiera conocido. Él perdió su trabajo, su familia, casi su vida y cuando lo conocí era una persona disciplinada, trabajadora, sensata, confiable y muy amorosa. Un hombre de 45-50 años muy fuerte, ni alto ni bajo. Tardaba más de hora y media en llegar a la reunión desde su trabajo pero no faltaba. Le gustaban los coches rápidos y las motocicletas. Llegó a tanto su cercanía al grupo que chocó en su moto a medio camino.

    En ese entonces había abierto un nuevo negocio y tenía una novia mucho más joven que él, y con quien llevaba una buena relación. Todavía recuerdo saludarlo, siempre sonriente, mirando a los ojos, siempre apoyando a quien se lo pidiera.

    No tuve la oportunidad de conocerlo antes de iniciar su recuperación. Aunque puedo imaginar un poco cómo era antes. Seguramente muy trabajador, enfocado en el éxito, el dinero, en su profesión. En ser impecable, perfecto casi. ¿Pero habrá sido también ese hombre cercano, tranquilo y comprometido con los demás? ¿Habrá sido el hombre sonriente que yo conocí? ¿Por qué decía que había encontrado a su verdadero \”yo\”?

    En estos últimos años me he preguntado quién sería yo y cómo sería mi vida si no hubiera consumido tanto cuando joven. Si, en vez de consumir, hubiera ido al psicólogo o al psiquiatra para lidiar con mi depresión y mi ansiedad. Con mi incapacidad de llevar la vida sin alguna droga. Surgió esta plática hace unos meses en una reunión y de manera nostálgica todos empezamos a platicar lo que perdimos. Lo que hubiera sido. Las oportunidades que hubiéramos tenido.

    ¿Será el hubiera también una forma de pensamiento irracional? ¿Realmente nuestra vida sería mejor?

    Posiblemente sí, pero tal vez no.

    Otro compañero siempre muy participativo, expresaba la recuperación como la búsqueda de SU verdad. Del verdadero Jorge (no es su nombre). Me gustaba mucho cómo se expresaba y compartía tan fervorosamente su camino.

    Si no pensara yo en el \”hubiera\”, y si pensara, como decía mi compañero en este nuevo Javier que no existiría o en este buscar mi verdadero ser. ¿Cómo contar mi historia con autoaceptación? Algo que ahora me puse a pensar es en no dividir mi vida en antes y después de la recuperación. Contarla como un hilo continuo congruente. Y cómo contar el consumo también como una \”búsqueda\” como una experiencia de la que, después de algún tiempo, quise transformar.

    Yo tuve un infancia muy buena, amorosa, cuidada, divertida. En realidad, de manera objetiva no tengo nada de qué quejarme. Pero cuando vuelvo la mirada hacia el pasado, lo primero que recuerdo son cosas oscuras o angustiosas.

    De mis recuerdos como niño, pocos son de alegría o juego. Recuerdo más bien momentos oscuros, como el \”hoyo del diablo\” en el arenero. O la casa misteriosa de una amiga del maternal con ascendencia japonesa. De ver a mi prima menor con unos fierros en las piernas que le ayudaban a enderezarlas. De peleas y conflictos en el maternal con los otros niños. De disfrutar, eso sí, el tiempo solo jugando en el changuero antes de que mis compañeros llegaran. Del sótano en la casa de uno de mis mejores amigos de la primaria donde jugábamos horas sin que nadie nos molestara. De la visita del padre de un amigo sospechoso, disruptor de nuestro juego, que no podía entrar a la casa. Me acuerdo de los escondites en el jardín de mi abuela. Del asombro que me generaban los insectos, en especial los escarabajo. De pasar tiempo a solas en el rancho de unos primos viendo a las vacas comer y cagar. A los borregos balar asustadizos y las palomas volar en los viejos techos de la bodega.

    También tengo muchos recuerdos de ansiedad en la escuela, de no entender a los maestros. O de temerles. De robar junto con mis compañeros el dinero de los más grandes mientras ellos jugaban basketball. Recuerdo el olor de las coladeras cuando me hacían limpiarlas por haberme portado mal en clase. Otro recuerdo lindo, ahora que los hilo, eran las clases de trabajos manuales, en las que pasaba muchas horas también solo haciendo figuras de barro o de madera.

    Para recordar aquellos momentos felices, necesito más tiempo. Detenerme y pensar realmente. Y, eso, como decía antes, a pesar de que tuve muchos.

    Durante mi consumo tengo muchísimos recuerdos de borracheras, de ir a comprar drogas, de consumir éter en la clase de biología, de escaparme por unas cervezas a la cantina \”La Curva\” y terminar borracho con mis amigos. De escuchar jazz y Radiohead en la noche después de un porro y quedarme dormido con los audífonos. De cortarme los brazos y esperar que no quedaran manchadas las sábanas con sangre. De discusiones donde no me detenía hasta tener razón. De fumar y tomar café durante horas con mi mejor amiga. De emborracharme en las fiestas de quince años de mis amigas y de las amigas de mi novia.

    Y después, durante los años más oscuros de mi consumo, recuerdo la soledad, la desesperación. Sintiendo que caminaba sobre hielo, nunca sabiendo cuándo ni dónde me iba a caer. Disfruté mucho, eso sí, los años que estuve estudiando sociología. No tomé ni un solo apunte, pero escuchaba las clases de Historia de Latinoamérica, de ciencia política, de teoría de la sociología y antropología. Me abrió un mundo entero. Conocí también un México distinto, de la Universidad Pública, personas realmente apasionadas por su trabajo y por la justicia social. Los admiraba mucho. Y también la pasamos bien, fumando porros y tomando aguardiente León después de clases en el estacionamiento, todos los viernes religiosamente.

    Pensándolo de esta manera, encuentro un Javier que, tanto consumió como también tenía una vida rica, algo oscura y solitaria, pero de descubrimiento constante. De prueba, de desafío. Sigo siendo así. Y esta característica me ha metido en muchos problemas, no sólo en lo relacionado a la adicción, sino en muchas áreas de mi vida y en muchos otros momentos, pero también es una parte de mí que aprecio y me ha dado experiencias verdaderamente positivas.

    En la familia de mi madre hay historia de depresión crónica y de bipolaridad. ¿Es ésta fijación por lo oscuro, lo arriesgado y lo desafiante, un síntoma o una característica de personalidad? Es posible.

    Hay un sueño, una pesadilla, que tenía durante mis noches de fiebre cuando era niño. Que subía una escalera que nunca terminaba. Veía una puerta abierta al final pero nunca llegaba. Era curioso porque era un sueño en blanco y negro. Hace algunos años, tal vez 5 o 6, lo comenté con mi psicoanalista y volví a tener ese sueño, sólo que en vez de caminar hacia arriba, volteaba hacia la izquierda y entraba por otra puerta. En ese momento el sueño se volvió colorido. Como si la escalera fuera este estado depresivo donde no hay salida, no hay color. Y la salida fuera otra. Y esa salida tal vez, es la que he estado buscando durante años. Y ahí está, posiblemente viva en muchos momentos en esa vida y no me dé cuenta.

    Es verdad, sin embargo, que cuando inicié mi recuperación tuve experiencias que recuerdo con mucha luz. Sí, era una persona solitaria. Pasaba muchísimas horas solo, casi no tuve amigos excepto los de la escuela y los del grupo de AA. Y mi vecina de 75 años que me invitaba a cenar y a conversar. Y sí empecé a sociabilizar más después, a abrirme más. A relajarme, a disfrutar. Sí es verdad, que después de mi abstinencia la oscuridad en mi memoria se aleja.

    Y me pregunto si también puedo reconstruir los recuerdos de mi infancia con todo lo positivo que sucedió. Por alguna razón siento miedo, sólo de pensarlo. Pero también puede ser que lo vea con miedo porque en mi infancia veo muchas características de mi experiencia en la adicción. Casi queriendo rechazar al niño que terminó en ese camino, y no verme como un niño con muchas otras experiencias y las drogas como una más. Durante mi consumo me sucedieron muchísimas cosas buenas. Si dejé las drogas no fue porque todo estuviera mal, sino porque llegó un momento en que ya no podía avanzar, ni pensar ni sentir. Y necesité transformarme. Como en muchas ocasiones después. De otras formas y por otros motivos, pero son muy similares mis etapas de oscuridad y aislamiento, y las etapas de lucidez y socialización. Como si fueran oleajes, mareas. Pero, al fin, son el mismo mar, la misma playa.