¿Sentirse bien o sentirse vivo?

\"\"

Durante muchos años hice lo que me hacía sentir bien.
Y lo digo entre comillas: sentir bien.

Sustancias.
Conductas.
Personas.
Atajos.
Placer inmediato.

Era una vida cómoda…
al menos en apariencia.

Pero la comodidad no siempre es vida.
La comodidad puede ser anestesia.
Un adormecimiento lento.
Una forma de morir por dentro sin notarlo.

Porque sentir bien —en ese entonces—
era lo fácil.
Lo placentero.
Lo que no me pedía esfuerzo.

Y poco a poco, mientras buscaba “sentirme bien”,
me iba vaciando.
La risa era hueca.
La calma, prestada.
La compañía, dependiente.

Moría un poco cada día.


Cuando inicié mi recuperación,
algo cambió.

Empecé a elegir lo que me hacía sentir vivo.
Y sentir vivo… no siempre se siente bien.

Sentirse vivo es levantarse temprano para hacer ejercicio,
aunque el cuerpo grite “quédate en cama”.

Es pasar tiempo con mi familia y amigos,
incluso cuando mi mente quiere aislarse.

Es leer, cultivarme, arriesgarme.
Hacer cosas nuevas aunque me tiemble la voz.

Sentirse vivo es un reto.
Es incomodidad.
Es sudor.
Es dolor a veces.

Es sentir las emociones sin filtro:
la tristeza, la rabia, la alegría, el miedo.
Todo a flor de piel.

Es escuchar palabras que duelen,
pero que me ayudan a crecer.

Es decir cosas que incomodan,
pero que me permiten poner límites.


Hoy entiendo que lo que me hace sentir vivo
no siempre me da placer inmediato.

Pero me da algo más profundo:
me conecta conmigo mismo,
con mis valores,
con mi gente,
con la vida.

Me recuerda que estoy aquí.
Respirando.
Aprendiendo.
Atreviéndome.


Y entonces me pregunto:
¿quiero sentirme bien?
¿o quiero sentirme vivo?

Comments

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *